Esta fue la historia de un corazón que lleva la incoherencia en sus latidos. La historia de un corazón hecho de barro y paja, pero lleno de sangre y fuego. Un corazón que intentó gritar, pero no tenía boca; intentó huir, pero no tenía piernas; intentó volar, pero no tenía alas; intentó incluso existir, pero no tenía un alma que lo acompañase en la horrible y hermosa aventura que es vivir.
La historia de un final de muerte y amargura, colmado de desesperación, vacío de cariño y fuerzas. La historia de un ángel caído, podrido y errante, que recorrió el mundo pero olvidó contar las estrellas. Tal vez sólo así habría sido feliz. Tal vez sólo así su rostro no se habría surcado de lágrimas ácidas como la ironía, que finalmente dejaron a su paso una cicatriz permanente. Tal vez sólo así no habría abandonado a aquel corazón sucio y golpeado al borde de un río sin final. Tal vez sólo así ese corazón tendría el alma que ansiaba.
Y ahora el cuerpo que restó, inanimado e invalorable incluso ante el estado de su alma y su corazón, queda muerto, pero tranquilo. Aquel cuerpo fue consciente de la realidad que enfrentaba, una realidad que lo desnudaba hasta entregarse por completo a ella, a pesar de los golpes, las traiciones y las caricias vacías en el anochecer. Incapaz de reaccionar, de defenderse o de incluso gritar, murió con una sonrisa en el rostro, conforme a su destino, conforme a su final y a sus inicios, conforme al nudo de su historia y al horrible desenlace que el alma y el corazón le dieron sin considerar su valor.
Cuerpo, alma y corazón viven juntos. La unión de ellos otorga la paz. La paz conlleva a la felicidad. La felicidad es eterna, y por lo tanto, aquellos tres elementos deben conservarse en eterna unidad.
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